El pasado 21 de noviembre, la Universidad de Sevilla concedió los premios a los mejores expedientes de Acceso a los distintos Grados Universitarios. Los alumnos de nuestro Instituto Lourdes Linares Barrera y Miguel López Ortiz obtuvieron este galardón en las especialidades de Ingeniería Informática y Geografía e Historia. Nuestro director, J. Alberto Gómez Velasco fue el encargado de leer unas palabras de agradecimiento en nombre de todos los directores de Institutos de los alumnos premiados. En sus palabras alabó la capacidad de esfuerzo y responsabilidad de estos alumnos y la importancia de la formación en estos tiempos en que la sociedad está un tanto desconcertada. Aquí están sus palabras en tan bonito acto y, bajo ellas, fotografías del momento…

Estoy contento de estar hoy aquí porque vengo a ser testigo del reconocimiento de la Universidad a dos alumnos de nuestro centro.

Como suele ocurrir cuando hablamos de casos de excelencia, en Lourdes y Miguel -pero estoy seguro de que también en cada uno de los alumnos aquí presentes- concurren la brillantez académica, resultado de la curiosidad intelectual y de la generosidad en el esfuerzo, y la sencillez personal, que probablemente, en mi opinión, sea el reflejo más fiel de la inteligencia.

A Lourdes la recordaremos en el Murillo con su permanente sonrisa, dueña de un candor personal tras el que sus profesores han entrevisto siempre un afán indesmayable de búsqueda del conocimiento, y a Miguel le veremos en su sorprendente madurez personal: una persona muy poco dada al gregarismo que se ha dibujado ante nosotros con un perfil muy acusado de honestidad y lucidez en la explicación de sus ideas. Como director del centro, tengo que agradecer, además, a Miguel su contribución activa y valiosa, en su condición de consejero escolar estos últimos dos años, a la buena marcha del instituto.

Se nos van estos alumnos y nos sobreviene cierta aprensión por el vacío que dejan: la compensaremos, sin embargo -este es nuestro trabajo y nuestra vocación- con la certeza de que tendrán digna sucesión en las promociones que les suceden.

Hablo aquí en representación de los centros de procedencia de todos los alumnos premiados, así que quiero transmitir mi felicitación a mis colegas en la dirección de aquellos y a sus respectivos equipos de profesores.

Reconocer el mérito académico en estos alumnos es reconocer el trabajo de los centros donde han cursado sus estudios. Estos premios enaltecen a sus profesores y suponen, sin duda, un mensaje de confirmación de la labor que se lleva a cabo en la educación secundaria, etapa en la que convergen, como sabemos, un nutrido rosario de factores de complejidad.

Trabajamos con jóvenes en tránsito desde las postrimerías de la infancia a los albores de la mayoría de edad, protagonistas, por tanto, de procesos personales de incursión paulatina en el mundo adulto que casi nunca están exentos de las convulsiones, menores o mayores, propias de los estados de mudanza.

Lo hacemos de la mano de un inventario de reclamos -la admiración por el saber, la valoración del esfuerzo, el gusto por la conversación, el aprecio de la cultura como manera de navegar por las complejidades del mundo- que no siempre, como sabemos, encuentran su deseable ratificación en los lenguajes sociales imperantes.

Al desarrollar nuestra labor con menores de edad -lo son la enorme mayoría de nuestros alumnos de secundaria-, trabajamos en contacto muy directo con el mundo familiar, que traslada con frecuencia a la escuela sus propias perplejidades y dubitaciones, cuya resolución tiene a menudo la inclinación de delegar, o, al menos, confiar al enseñante.

Hacemos, en fin, nuestro trabajo con medios materiales con frecuencia escasos, en un país que no acaba de presupuestar con altura de miras la educación, y en medio de la encrucijada legislativa a la que nos aboca una sucesión de leyes de educación de atropellada caducidad.

Ninguno de estos factores nos arredra. Templar esos ruidos que inevitablemente nos llegan de la calle y hacer de nuestras aulas espacios serenos de construcción del conocimiento, y de nuestros institutos lugares de convivencia fértil en los que la diferencia no signifique conflicto sino estímulo, y donde los más posibles convengamos en que conocer al otro y lo otro es seguramente la mejor manera de desentrañarnos a nosotros mismos, es el objetivo que nos convoca cada mañana.

Nada más llegar nos espera un tropel de vericuetos burocráticos y un enjambre de expresiones artificiosas que, precisamente por serlo, es difícil que lleguemos nunca a pegarlas a nuestra piel. Pero todos sabemos, o al menos sospechamos, que se trata de pura erudición administrativa a la violeta y que por encima o por detrás de la evaluación por competencias, las neae o las adaptaciones no significativas están nuestros alumnos de doce a diecisiete o dieciocho años esperando de nosotros la ayuda que podamos brindarles para poder seguir pintando, cada uno de ellos, su propio horizonte personal.

Para muchos de ellos su horizonte, a corto plazo, es la Universidad, ese mundo fascinante que se esconde tras los espinosos procesos de admisión. Y aquí están. Nuestros alumnos de ayer son ya sus alumnos, señor rector.

En el caso de los alumnos del Murillo, instituto situado, como saben, en pleno campus de la Universidad de Sevilla, el desplazamiento físico va a ser anecdótico. Pero ellos inician ahora otro viaje o, mejor dicho, una nueva etapa de su viaje interior. Sobre el sedimento de su paso por el instituto van a posarse ahora otros estratos. Uno de ellos es fundamental: el señuelo de la investigación, que está en la base, sin duda, del trazado de itinerarios ya mucho más acusadamente individuales, precisamente porque ahora la capacidad exploratoria será mucho mayor y más profunda que en la etapa que finalizan.

Como nos ha ocurrido a muchos de los aquí presentes, la Universidad acabará de colocarlos en el mundo. A Miguel y a Lourdes, y a todos los alumnos aquí presentes, os deseo lo mejor: que ese lugar en el mundo esté a la altura de vuestras expectativas. Vuestras expectativas sé, precisamente porque sois inteligentes, que no están muy en discordancia con vuestra capacidad.

Quiero agradecer a la Universidad de Sevilla el rasgo de elegancia que constituye este acto. Recibir con premio a estos alumnos es ofrecerles un abrazo nada más llegar.

Muchísimas gracias, rector, y larga vida a la Universidad.

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